La movida de los acetatos en el centro de Bogotá

Foto archivo El Nuevo Siglo
En el barrio Las Aguas de Bogotá, allá en el Centro Comercial Los Ángeles, la guaracha de Félix Chappottín y sus Estrellas retumba por cuenta de los parlantes a todo dar en un lugar que se ha convertido culto para los coleccionistas de música en la capital.
El local se identifica con el nombre de Interdiscos, y en ocasiones congrega a tantos aficionados de la salsa, guaracha, son, bolero y guaguancó, entre otros, que se hace difícil abrirse paso entre las inmensas torres de acetatos que dan valía al lugar.
Como no podía ser de otra manera, el sitio conserva el olor a roña que acumulan con los años las joyas de colección. Una bandera cubana colgada en el techo sirve como declaración de intenciones: el lugar promete un viaje en el tiempo a la Cuba de Arsenio Rodríguez, Benny Moré y Miguel Matamoros, entre otros. Además, instrumentos como batás, bongós, redoblantes y trompetas adornando el lugar acentúan la experiencia caribeña que procura la tienda.
El aparato apetecido por todos en aquel lugar de la calle 19 con carrera 4ª se encuentra en una esquina: un tocadiscos capaz de un sonido estruendoso que pone a prueba cada uno de los acetatos de Jacob Vargas, propietario del lugar. Ahí se forman filas de coleccionistas ansiosos por descubrir los más inéditos clásicos caribeños.
Los visitantes toman los acetatos con suma delicadeza, como si de enhebrar una aguja se tratara, y los examinan a contraluz en busca de algún rayón que pueda comprometer la calidad del sonido. Luego llevan los vinilos elegidos al tocadiscos de Jacob Vargas, el altar del lugar, y ahí comprobar que tanta belleza sea real. Los visitantes agudizan sus oídos atentos a cualquier señal de “arrastre”, ruido de la aguja sobre la superficie del disco que destiempla y es señal de alguna imperfección. Si el acetato conserva la rusticidad del sonido propia de la década de los 70 sin presentar ninguna grieta, eureka: el comprador puede cantar victoria.
Pero la experiencia apenas comienza. Resta acordar el precio del producto con Jacob Vargas, el propietario. No falta quien pone en práctica su astucia y picardía para argüir alguna imperfección menor en el disco y obtener así algún descuento. Pero don Jacobo, como lo conocen, sabe muy bien lo que vale su muestrario y no suele ceder.
El precio de los discos varía según ciertos criterios de cotización, entre los cuales importa el buen estado del vinilo, la calidad del sonido, la autenticidad de su carátula y, en algunos casos, que el vinilo en cuestión no haya sido editado en formato CD, lo que lo convierte en un artículo único. Jacob Vargas tiene varios de estos, y los sabios en el tema no tardan en identificarlos. “Don Jacobo, déjeme abrir esta caja”, le pide un coleccionista ansioso por escuchar un acetato de Chepín y su Orquesta Oriental que seguramente pocos mortales se han dado el gusto de oír.
“Ese sólo lo abre el que lo compre”, dice Jacob Vargas sin dejar lugar a persuasiones. Pero el aficionado tampoco está dispuesto a ceder en su capricho y no ve problema en retar a Jacob Vargas a que demuestre la autenticidad del vinilo, acusándolo de piratería. El tono de la discusión se eleva hasta que el comprador se marcha a regañadientes. En Interdiscos las transacciones no siguen el protocolo convencional de compra y venta. En su lugar, la labor del propietario es velar por la integridad de su patrimonio musical y pugnar con los acechadores que todo el tiempo están buscando hacerse con algo de su fortuna.
“Aquí tengo 260 mil discos y mi colección personal ronda los 7 mil”, se jacta Jacob Vargas. La exclusividad de su música es tal que, para tener acceso a lo más privado de su colección, hay que pagar. Eso sí, a los tesoros de Interdiscos no les faltan pretendientes. Entre las ventas más jugosas figura un álbum de Bimbi y su Trío Oriental, por 5 millones de pesos y un álbum de Don Marino Barreto Jr., por 10 millones.
El local de Jacob Vargas, como su lema lo dice, es un “mercado internacional de los discos”, y en él acoge visitas ocasionales de grandes leyendas de la música cubana. Don Jacobo se ha convertido en un personaje de culto entre melómanos del continente, producto de un trabajo de colección musical de toda una vida. Sus álbumes inéditos le han abierto las puertas en distintas emisoras del país. Como dice el propio Jacob, buena parte de la incursión de los sonidos cubanos en Colombia lleva su sello. Basta con ir a su local, una suerte de museo de la música en el centro de Bogotá, para comprobar todo lo que se dice de este mítico zar de los vinilos.

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