El cubano que hizo sonar el mambo en todo el mundo

Matanzas.— Iván Restrepo es un economista mexicano, con especialización en Tenencia de la Tierra, Desarrollo Agrícola y Medio Ambiente. Investigador y profesor universitario, ha publicado 20 libros y editado 95 obras sobre temas agrarios y del medio ambiente.
Quizá el lector que se acercó a estas primeras líneas pensará que esta será una conversación para abordar apremiantes asuntos económicos, agrícolas y medioambientales. Pero no, nada de eso. Hay una arista de relevancia cultural en la vida de este estudioso azteca. Y es que Restrepo, con quien ahora conversa JR, sostuvo una estrecha amistad personal con el destacado compositor y músico cubano Dámaso Pérez Prado (Matanzas, 11 de diciembre de 1917-Ciudad de México, 14 de septiembre de 1989), quien con sus mambos hizo temblar los escenarios de varios continentes.
—¿Cómo conoció al mundialmente conocido como «Rey del mambo»?
—Todo comenzó escuchando sus primeras grabaciones en los años 50 del siglo pasado, que me fascinaron. Eran algo novedoso, desenfrenado, excitante. Luego supe de él a través de las películas en las que actuaba, o en las que él dirigía tan originalmente su orquesta.
«Lo conocí personalmente en Nueva York, a principios de los años 60, en un viaje de estudios. Lo reconocí en la calle. Al principio se comportó un poco distante, pero cambió completamente de actitud al saber que yo vivía en la Ciudad de México y que mi protector musical era don Mariano Rivera Conde, el inolvidable y visionario director artístico de la RCA Víctor, quien le dio al Maestro toda la libertad para llevar al acetato su nuevo ritmo, y el que logró, además, que Benny Moré y Dámaso se juntaran para grabar una serie de melodías que hoy son inmortales. Enseguida, luego de presentarnos, me invitó a comer, y ahí nació una amistad que duró hasta su muerte.
«El Maestro vino a mi casa con la artista Margo Su, con quien yo mantuve una estrecha relación sentimental, a platicar de todo lo imaginable. Yo aprovechaba para ponerle grabaciones que él no recordaba. Eran reuniones agradables, en las que en alguna ocasión nos contó de su infancia y adolescencia en Matanzas.
—¿Guarda alguna foto junto a él, algún disco autografiado?
—No tengo ningún disco autografiado por él. Es que me curé a tiempo la enfermedad del coleccionista. Pero sí poseo fotos y testimonios de su amistad. Fui, junto a Margo, responsable del gran homenaje que el Gobierno de la capital del país le organizó a fines de 1978 en el Teatro de la Ciudad. Allí leí el elogio que el cronista por excelencia de México, Carlos Monsiváis, le escribió para tal ocasión.
—¿Fue testigo de algunas de sus presentaciones en vivo?
—Cuando el tiempo me lo permitía iba a verlo en los estudios de grabación o de cine. Y cuando hacía temporada en el teatro Blanquita, lo visitaba en su camerino y al final de la última función, una que otra vez cenábamos con Margo y algunas figuras del medio artístico, como la cantante María Victoria, los integrantes del trío Los Tres Diamantes, Silvestre Méndez o Yolanda Montes (Tongolele).
—¿Qué le atraía más de su personalidad?
—Su enorme talento como compositor y arreglista, y su capacidad para descubrir al músico adecuado para tocar cada uno de los instrumentos de su maravillosa orquesta. Por supuesto, era muy llamativa la originalidad con que dirigiría a sus músicos y el modo en que complacía al público que iba a verlo al teatro o a los salones de baile. Era un virtuoso del piano y conocía a los grandes de la música clásica. 
«No era de trato fácil con los empresarios que deseaban contratarlo ni con algunos medios informativos que lo criticaban por encargo de sus enemigos. Con Margo tuvo muchos pleitos, pero finalmente todo siempre se arreglaba. Él tuvo muchos contrarios en su medio porque dignificó el papel de sus solistas al darles un salario digno y, a la vez, les exigía lo máximo, lo que explica la calidad de las orquestas que tuvo».
—¿Pese a su fama, Pérez Prado era asequible para el público?
—Sí, era muy complaciente. Tocaba lo que le pedía la gente. Hacía bromas y firmaba cuanto disco o programa le acercaban para llevarse un recuerdo de él. Pero no le gustaba que, cuando estábamos en algún restaurante, la gente llegara a interrumpirlo para tomarse una foto con él o pedirle un autógrafo. Tratábamos entonces de buscar un sitio reservado para estar a gusto.
—¿Qué recuerda que le gustara fuera de su creación artística?
—La comida mexicana, el tequila y no hablar de su trabajo cuando no estaba trabajando, pues prefería que platicáramos de otras cosas, contar chistes y recordar tal o cual anécdota graciosa que le había pasado a él o a sus colegas.
—¿Alguna vez le habló de sus mambos preferidos?
—Nunca me dijo nada de sus preferencias, aunque todos sus mambos le agradaban. Y se sentía orgulloso de que se utilizaran como fondo musical en películas, ballets y obras de teatro en México y el extranjero. En más de una ocasión le pedí que me explicara la letra o el porqué de tal mambo, o cuál había sido la grabación que más trabajo le había costado llevar a cabo.
—¿Apreció alguna vez en él cierta añoranza por Cuba?
—Por supuesto. Dámaso recordaba con nostalgia a su país de origen, sus inicios y los problemas que tuvo para trabajar en La Habana, pues sus creaciones eran muy avanzadas, según las casas disqueras. Pero él siempre fijó una raya entre lo familiar, su trabajo y la amistad de sus amigos cercanos.
—Algunas personas afirman ahora que Pérez Prado no fue el padre del mambo...
—Sí, hay especialistas en música que llevan tiempo hilando varios criterios sobre el tema. Cuba tiene excelentes muestras y cultivadores. Lo único que le puedo decir es que quien le dio forma y vistió al mambo con el mejor traje, y el que lo hizo sonar por el mundo fue Dámaso Pérez Prado. Hay quienes sostienen que el mambo de Pérez Prado tiene el sello mexicano. Y el ilustre hijo de Matanzas más de una vez dijo que logró hacer realidad en mi país lo que traía en la mente, cuando tuvo el campo propicio para ello.
—¿Qué no se puede obviar al hablar de este género hoy?
—Es imprescindible recordar los ritmos que los esclavos trajeron de África, y cómo evolucionaron a través de los años hasta imponerse a nivel mundial. Hablar del mambo es referirse a Cuba, a lo afroantillano y su enorme aporte musical.
—Cuando Pérez Prado falleció, la noticia acaparó no pocos titulares. ¿Cómo fue el homenaje?
—Sí, el diario La Jornada, del que soy fundador, preparó una edición especial. El director de entonces del rotativo, Carlos Payán, desplazó todas las noticias políticas y económicas y puso como la principal una que decía: Murió el Rey del Mambo, con textos alusivos al suceso de Gabriel García Márquez, Carlos Monsiváis y algunos de mi autoría. Fotos desconocidas de él con María Victoria, los integrantes del trío Los Tres Diamantes y otras personalidades del medio cultural formaron parte también de aquella edición. La página fue noticia por su audacia y por rendirle al gran músico un homenaje digno como merecen los grandes».
 —¿Qué es lo que atesora con más cariño sobre este hombre?
—Sus grabaciones clásicas. Todas las guardo en un satélite de mi computadora y remasterizadas. Aprecio igualmente las fotos con él en casa, en el teatro Blanquita y cuando me permitió que fuera parte de su orquesta para tocar el cencerro en un programa de televisión. Pérez Prado sigue al lado de miles de sus admiradores, que incluye a los jóvenes, como me he podido dar cuenta recientemente y mostraré en mi estancia en Cuba.
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